SOLITARIO

Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Al atardecer estaba solo allí. Mateo 14, 23

 

Leyendo el evangelio observo la vida de Jesús, sus comportamientos, su forma de pensar, cómo actuaba, por dónde se movía, con quién trataba, qué le gustaba, cuáles eran sus motivos de vida,  en fin, aquello que ilumina su persona.

Jesús condimentó su vida con abundantes momentos de soledad y oración. A menudo encuentro en el evangelio que Jesús busca lugares solitarios para retirarse. Cierra y abre el día en lugares solitarios. Nos dicen que al amanecer y al atardecer se mantenía en oración, que permaneció la noche en oración. Jesús, que es la sabiduría, nos enseña qué podemos hacer antes de empezar la actividad, o después de un día agotador, o ante la toma de una decisión, o en momentos de apretura o de dolor.

Los lugares solitarios del evangelio se encuentran en la naturaleza, en el monte, en el desierto y más allá de la orilla del mar donde Jesús  en barca tomaba distancia de la tierra para estar solo.

En nuestro mundo hay muchos lugares solitarios, silenciosos o sonoros: la orilla del mar con el ritmo de sus ruidos; el campo silencioso plateado por la nieve en invierno; el monte en primavera con los pájaros enamorándose; las riberas de los ríos en invierno ensordeciendo los oídos; la alameda en otoño con sus hojas levantadas chocando sin silencio. Y unos más frecuentes para la vida corriente de la ciudad: la mesa de trabajo con los ruidos del teclado o sin ellos, papeles anotados y en la estantería un montón de recuerdos; el parque al amanecer; la cocina con sus aromas y sabores; la calle de madrugada al ir a trabajar; la soledad del coche envuelta en los ruidos de la ciudad; y el instante de uno solo en el vagón del tren. Todos pueden ser lugares solitarios, ruidosos o no, pero lugares para que fluya el silencio en Dios guardado en el corazón.

Lugares solitarios que facilitan la actitud de retirada del mundo para llegar a la profundidad del contacto con Dios desde lo más íntimo de uno mismo, con la esperanza de que la bondad de Dios abrase el corazón.

Isa

Paul Winter Consort- River Run ( 4:02)