RECUERDO


Voy a recordar las obras del Señor,
contaré todo lo que he visto.
Si 45, 15

Recordar es volver a pasar por el corazón.

La profundidad de la historia del pueblo judío es un misterio. La unión con su único Dios también lo es. Recuerdo mi sorpresa, cuando comprendí el balanceo de los judíos orando, como meceo de niño en brazos de su madre, introduciéndose así corporalmente,  en lo amoroso del  ensueño del Padre.

Dicen que el pueblo de Israel camina con el pasado por delante, ellos ven a través de él, no tienen que darse la vuelta para recordarlo, lo tienen siempre presente. Y en este pasado, la palabra de Dios es clave. De boca en boca, de mente en mente, de generación en  generación, con fidelidad y sin ella, pero con constancia y fe, el pueblo de Israel ha ido transmitiendo durante siglos la palabra de Dios,  y ahora permanece como un vivo hito de la voz del Padre.

Esa palabra  llegó a María de Nazaret con tal riqueza que en ella se engendró, naciendo Jesús como hijo encarnado de la palabra. Y después, gracias a la constancia y la fe en la transmisión del mensaje por parte de su madre y de los seguidores de Jesús, llega hoy la palabra enriquecida por los tiempos hasta cada uno de nosotros. Es la  historia de la voz de Dios, y es tan real, tan viva, tan humana en su divinidad y tan llena y plena que nosotros cada día podemos seguir  alimentándonos de ella, recibiendo su vida.

Y esta palabra nos lo enseña todo. Mirando la vida hacia atrás, revivo la situación narrada en  la Biblia cuando Moisés después de salir de la hendidura de la roca en la que Dios  le había metido,  sacó la cara, abrió los ojos, y vio el rastro de Dios por su vida, vio su figura. No vio su cara sino su espalda.

A veces a Dios se le ve de frente, otras veces después de y algunas no le vemos aunque queramos.

Como  le pasó a  Moisés, también nos ocurre a nosotros, que cuando Dios retira su mano de encima de cada uno, y nos saca de la hendidura en la que estamos, al abrir los ojos somos capaces de respirar el olor de su presencia.

Creo que a Dios no le gusta que le apresemos, ni que nos acostumbremos a verle, le gusta sorprendernos como bocanada de aire en corrientes de intimidad, y es entonces cuando podemos guardar esos momentos especiales en la caja de nuestros recuerdos más íntimos, y así, de vez  en cuando, tenemos la posibilidad de  buscar en ella y rememorar esa  presencia de Dios, presencia que llena el instante vaciando el momento.

Isa

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Bach.- Golberg.- Sylvain Blassel (arpa, 6:56)  http://youtu.be/2JguNeu47tQ