OLOR

Una vez escuché que el olor es lo único que no deja rastro en historia de la humanidad, y así es. Los olores son transparentes,  rozan la sensibilidad, son sutiles,  importantes. Llenan instantes de nuestra historia. Conviven y traspasan situaciones de la vida. Llegan a lo más íntimo y espiritual de cada uno. Los olores, humildemente, sin ocupar lugar, son capaces de cargar de emoción momentos claves. Esos olores, aromas o fragancias cuando en otras ocasiones los volvemos a percibir nos rememoran aquellas situaciones como si de una grabación se tratara, nos trasladan a esos momentos trayéndonos a nuestra mente recuerdos ya olvidados.

Algunos olores nos acompañan durante toda la vida, unos son mágicos y nos traen recuerdos, tal vez de la niñez, y por el contrario, otros nos repugnan, haciéndonos arrugar la nariz con asco. Una amiga, que se dedica a cuidar a personas con dependencia, dice con cariño y con gran sentimiento de humanidad, que cada casa tiene su olor, cada persona a la que cuida tiene su olor característico, lo dice de tal manera que me ayuda a  reconocer nuestra condición más primaria, y que algunas veces olvidamos,  también me hace respirar el amor que uno puede poner cuando trabaja directamente con personas. Si lo hace con amor interioriza sus olores.

El olfato es un instinto animal, que no requiere ni voluntad para exhalar ni tampoco para aspirar. Se necesita una mínima sensibilidad y atención para hacerlo consciente. A los olores nos acostumbramos y, es curioso, dejamos de percibirlos cuando estamos tiempo inmersos en ellos,  cosa que nos puede ocurrir también con la monotonía en los sentimientos.

Olores espirituales como el del incienso o del nacimiento que ponía mi padre en Navidad. Olores intensos como el de bodega y los sótanos en la niñez. Olores deliciosos como el del jazmín o el de Hierbaluisa, el del agua del mar, el de ozono antes de llover, el olor transparente del amanecer, el de la persona amada, el del pan reciente o  el del bebé… Olores apestosos y desagradables como el de basura, planta de reciclado, tubo de escape o el del Metro de Madrid. Olores embriagadores como el de la planta de la Dama de noche cuando florece. Olores a Dios, siempre deseados y fugazmente aspirados.

Olemos. Las cosas huelen. Los olores hablan. Hay personas que huelen mal y otras que huelen a Dios. Vivimos situaciones que nos hacen reconocer el aroma de Dios y otras de las que hay que salir corriendo porque ya, de lejos, nos huelen mal. Momentos de belleza que invade nuestro olfato en lo más profundo. Hay olores que uno lleva a la muerte: me pregunto si Jesús se llevó a la cruz el olor del perfume de nardo que la mujer derramó sobre Él antes de su pasión.

La Biblia tiene muchos perfumes, os animo a que los olamos juntos aspirándolos desde lo más hondo para llegar a lo más profundo.

Isa Cano

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Bach – Goldberg Variations: Aria (Glenn Gould) 2:53

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